dilluns, 9 d’octubre de 2017

com les arrels d'un exili


setembre torna a ensorrar el castell de cartes, i octubre les remata quan ja han caigut a terra, com els préssecs malversats que trepitjàvem al camí de les vinyes. No saps si fan més mal les que cauen cara amunt o les que amaguen qui són contra les rajoles fredes de la casa. El dentista diu que el queixal infectat sota la funda és un queixal de llet, que mai no en va créixer cap altre que l'empenyés des de dins, que té unes arrels molt dèbils, Veus?, gairebé ni es noten. A la radiografia és una peça minúscula, blanca i indefensa. Atrofiada, enfredorida, xopa de tempestes i oceans, com les arrels d'un exili. En comptes d'un castell, potser val més aixecar una tenda amb només tres cartes (una en terra, dues en pic), amb les cares endins. I encendre-hi un foc per escalfar novembre.       

dimarts, 3 d’octubre de 2017

carta a l'exterior

La noche antes de la revolución no pude dormir. Por eso me la perdí.
Martín Gringberg Faigón


Hoy hay huelga general. Los helicópteros sobrevuelan ya los barrios de Barcelona. Estoy en cama con una infección brutal de muelas que arrastro desde el viernes. Pero fui a votar. Con mi padre, de 91 años, que llevaba toda la semana intranquilo, él que es el hombre más zen que existe sobre la capa de la tierra. "Si se puede votar, yo quiero votar", me decía cada día. Y también, "Entonces, ¿vendrás tú a buscarme para ir a votar? No sé dónde tengo que votar". Una amiga se ofreció a acompañarle. Al final me arrastré con mi infección y mi cara inflada y mi fiebre hasta su colegio electoral y me uní a ellos. Había una cola que daba la vuelta a la manzana. Espera de horas con miedo por si venía la policía. Corrían vídeos con las brutalidades que ya estaban perpetrando los antidisturbios en otros colegios electorales. Había una multitud en la puerta del colegio custodiándolo por si venían a requisar urnas. Nos vieron llegar y nos abrieron un pasillo. La gente aplaudía. Mi padre, que no es dado a expresiones emocionales, parecía a punto de estallar de júbilo. Le brillaban los ojos. Saludaba y sonreía mientras avanzaba inestable con su bastón hacia la urna. Votó. Votamos. El miedo y el dolor de muelas me impedía ser muy consciente de lo que estaba pasando. Entonces salimos. Y la multitud, cuando vió a mi padre que decía "Hem votat!" alzando la mano en señal de victoria pero también de gratitud, arrancó en aplausos espontáneos. No solo en la puerta, sino por toda la calle, la gente que esperaba para votar, al verlo pasar, aplaudió y lloró. Gente conocida y desconocida llorando de emoción porque mi padre, de 91 años, había votado. Gente que el domingo tejió redes de apoyo mutuo aplaudiendo por la dignidad de todas las personas que vivieron la dictadura franquista y que ese día votaban "para que tú no tengas que vivirla", como le dijo un anciano a una amiga en su colegio electoral. No lo olvidaré nunca. Me rompí. Olvidé el dolor, la fiebre, la cara inflada. Mi padre, que vivió la guerra civil siendo niño, que de joven se negó a recibir a Franco en la Catedral de Ciutadella, que se exilió a Chile porque la gente, por ser cura católico, lo suponía adicto al régimen, mi padre, ayer votó, y votó sí.

Hoy hay huelga general, estoy con antibióticos en el sofá mientras los helicópteros sobrevuelan los barrios de Barcelona. No sé si conseguirán aplastarnos. Lo que sé es que ya hemos ganado. Porque votamos. Porque nos unimos, nos abrazamos, nos cuidamos. Ellos, los perros torturadores y sádicos, hace tiempo que lo perdieron todo.